jueves, 21 de enero de 2016

Diego Jesús Jiménez


Nunca lo olvides:
sobre las noches negras de mi patria
era capaz
                de besarte en los ojos.
Contémplame. ¿No es cierto
acaso, que es el dolor
el que regresa, el que vuelve a ocupar
la misma casa, el que anda perdido
ante el mismo dintel,
                                       y no se atreve;
ante los mismos campos,
                                              y solloza;
ante el mismo huracán,
                                           y se le lleva
¡oh fiel bondad! al hombre
su escapulario único y sencillo?
                                                         Nunca lo olvides.
Estamos esperando; de un momento a otro
vendrá el aire. No serán necesarios
nuestros sueños, nuestros turbios aullidos, nuestras primeras
elocuencias.
                      Bajo la noche
arde el silencio, tiembla
la soledad, crujen las sombras
de la muerte; alguien
desfavorablemente besa a una mujer, se enfrenta a solas.

Te pido que no lo olvides, que no lo olvides
nunca. Aquella madrugada y aquel himno guerrero nos recuerdan.
Estos son mis dos brazos, mis dos escalofríos, dos unidades
con temblor. Y, sin embargo, ves,
pueden herirte
dos momentos alegres, dos pulseras de cobre inofensivas
bajo la soledad, pura arcilla aldeana.
                                                        Así he querido alzarte:
como a un sueño lejano y galopar contigo
bajo la dura siembra, el testamento duro
de la noche.
                      Así te tuve, única y amarga
como el buen peregrino, el necesario caminante
de la tierra vencida; como el que sabe
que su amor es único, que es único su mal
y eleva su pregunta, y va así caminando
bajo la alta palabra, bajo el mundo tranquilo
de su estrella, hombre
con su dolor, bestia nacida
llegando ya el vacío.
                                     Te pido que no olvides
mi voz; supo nombrarte.
                                             Descabalgué
cuando la tierra estaba dolorida, desmantelado
el hombre;
sobre las noches negras de mi patria
era capaz
                 de besarte en los ojos.

Como una sombra más se levantan los árboles;
arde el reloj con el incendio, nieva sobre el helado
refugio de la vida.
                                 Todo
como una sombra más, como un último adiós
se ilumina y nos grita.

Te pido que no olvides. Aquella magia era
nuestro celeste mal, y puedo hablarte
de cuando el hombre estaba a solas
hace ya muchos siglos.


Diego Jesús Jiménez (Madrid, 1942-2009)
La ciudad
Bartlebu Editores, Madrid, 2015

miércoles, 20 de enero de 2016

Alfonso Brezmes


El pacto

Si me enciendes, no aguardes
de mí un lenguaje al uso,
los desgastados ritos del amor,
las consabidas normas,
los burdos reglamentos
que matemáticamente predicen
cómo todo se teje y se desteje.
Si me prendes,
no dejes leña para un día
que acaso nunca ha de llegar,
y arriésgate al juego prohibido
que ignora la aritmética y el cálculo.
No te cubras, no conserves:
organiza tu vida para el fuego.
Este es el pacto: si me incendias,
arde conmigo.


Alfonso Brezmes (Madrid, 1966)
Don de lenguas
Editorial Renacimiento, Sevilla, 2015

martes, 19 de enero de 2016

Mario Montalbetti


Imágenes de separación

Tucson (sin fecha). Este desierto
horrible se interpone una vez más
entre nosotros. Es malo escribir,
saber que no nos veremos, y hacerlo
pasar por un poema, para que solo
lo bello duela. Pero así es. La guerra
ha tomado los puentes, las salas de cine.
Mis sueños están sucios de tu sangre.
Espero el fin del desierto, el fin
de la guerra. Los juicios por los crímenes.
Jamás olvides que un acto de amor
está más allá del bien y del mal.
Entonces te veré. Siempre tuyo, (sin firma).


Mario Montalbetti (Lima, 1953)
Lejos de mí decirles
Ediciones Liliputienses, Isla de San Borondón, 2014

lunes, 18 de enero de 2016

Pedro Sevilla


El eterno retorno

Lo que no me contaron cuando niño,
en las largas veladas del verano
con estrellas brillando en el paisaje azul del patio,
es que aquel desastrado
que llamaba al aldabón de casa
implorando un poquito de sol y unas migajas
de lumbre y compasión,

tendría con el tiempo el mismo gesto,
la luz misma en los ojos,
que el viejo que ahora escribe sus ganas de volver
a la casa de entonces.

Hoy he sabido en sueños el secreto:
aquel viejo y el niño soy yo mismo.

Y los dos son el viejo que esto escribe.


Pedro Sevilla (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1959)
Serán ceniza
Libros Canto y Cuento, Jerez, Cádiz, 2015

domingo, 17 de enero de 2016

Ernesto Frattarola


A tiempo

Siete años viéndolo venir.
Siete años viendo lo que tú no ves.

Oír cómo se acerca,
oírlo a muchos meses de distancia,
desde mi insomnio,
desde esta bruma,
mientras tú duermes.

Saber qué es,
saber qué quiere hacer
contigo. Conmigo.
Con eso que una vez llamamos nosotros dos.

Chillar.
Chillarlo.
Chillártelo y que la voz se me muera.

Y tu sonrisa como una alambrada.
Y mi maleta cargada de espinas.

Perder y ser culpable de haberlo visto a tiempo.

Ahora ya ha llegado.
Ha empezado a comernos por los pies.


Ernestro Frattarola (Barcelona, 1965)
Uno
Ediciones de la Isla de Siltolá, Sevilla, 2015